26.05.2012 | Por Laura Falcoff
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El arte flameco posee, como se sabe, tres manifestaciones: la guitarra, el cante y el baile. Y si bien desde hace ya mucho tiempo son el baile y la guitarra los que han expandido el flamenco, haciéndolo trascender fuera de España, no hay duda de que es el cante la expresión más apreciada por los entendidos, o “cabales”, como se nombran entre ellos. Pero ciertamente el cante al que podemos acceder en este confín de Sudamérica es, salvo rarísimas excepciones, el que llega integrando un espectáculo flamenco completo.
Una rara excepción, precisamente, se produjo este jueves con la presencia en Buenos Aires de Miguel Poveda como figura central de un espectáculo en el que lo acompañaron cinco músicos y, en partes, una bailaora. Este cantaor nacido en Barcelona no roza aún la cuarta década de vida pero ya cuenta con una carrera estelar y multipremiada. Sin embargo, estos datos parecen superficiales o accesorios cuando uno se enfrenta cara a cara con la estatura artística de Poveda: su recital en el Opera Citi tuvo una dimensión extraordinaria, una hondura y una calidad fuera de lo común.
Aclaremos en este punto que lo que sigue no es una valoración crítica en el sentido aceptado del término “crítica”; habría que ser un gran conocedor de esa disciplina tan difícil que es el cante como para opinar sobre él de una manera fundamentada. En todo caso, esta nota es mejor un homenaje rendido a un artista colosal. Miguel Poveda posee facultades asombrosas como cantante: la amplitud de su registro, el dominio perfecto sobre todos los matices imaginables de intensidad, la capacidad respiratoria que le permite prolongar los melismas (esos adornos propios del flamenco en los que un sonido se repite a diferentes alturas) hasta límites inconcebibles. Pero estos rasgos constituyen, si cabe decirlo así, apenas herramientas con las que Poveda manifiesta su enorme poder expresivo.
Así fue con el comienzo, una seguiriya “a palo seco”, es decir, sin acompañamiento inicial, de una sobriedad y un desgarramiento conmovedores. Toda la primera parte del espectáculo consistió en ritmos flamencos: alegrías, tangos, bulerías y una soleá “apolá” (por su relación con un antiguo “palo” llamado polo) en el que Poveda evocó a dos cantaores opuestos: Antonio Mairena -jondo y tradicional- y Pepe Marchena, lírico y melodioso. Toda la segunda parte estuvo dedicada a coplas, ese género de la canción popular española que tuvo su gran auge entre las décadas del ‘30 y el ‘50 aproximadamente y que aquí hizo conocer sobre todo Miguel de Molina.
Los músicos -el pianista Joan Albert Amargos, el guitarrista Jesús Guerrero, el percusionista Paquito González y Carlos Grillo y Luis Cantarote en las palmas- completaron de una manera perfecta un espectáculo en el que todo habló del serio respeto por una música que se ama. La bailaora La Lupi, muy personal en su estilo más bien tradicional, hizo unas bellas alegrías y unos tangos estupendos, sin exageraciones, pero con mucho carácter.